OTAN – Rusia: 25 años de relaciones pendulares

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El pasado mes de mayo la OTAN tomó la decisión de expulsar al 45 % de los funcionarios rusos que trabajan en su sede así como mantener vigilancia a todos los miembros de la misión diplomática salvo a cuatro: el embajador, su adjunto y dos miembros de apoyo (chófer y asistente). Esta medida, que será efectiva a principios del año 2016, es consecuencia directa de la intervención rusa en Ucrania y Crimea y supone un nuevo episodio dentro de las relaciones OTAN – Rusia que comenzaron en 1991 y que han vivido fases de máxima cooperación y otras de frío distanciamiento. Una mirada a este último cuarto de siglo permite analizar la relación oscilante que han mantenido estos dos actores.

Desencuentro en los datos

La decisión tomada por la OTAN supone que para moverse por el cuartel general de la organización, sito en Bruselas, los funcionarios rusos deberán indicar con antelación sus acciones, cuando hasta el momento lo hacían sin restricciones. Por extraño que pudiera parecer, el número de componentes de la delegación rusa es mayor que el de cualquier otro país: éste oscila entre los 30, según la versión rusa, y los 50 según los aliados, quienes añaden que en 2014 llegaron a ser 70.

Como los temas de diplomacia son siempre delicados, la versión oficial asegura que la decisión busca ahorrar espacio pero a nadie se le escapa que la naturaleza de la orden tiene que ver con las sospechas habituales que despiertan los servicios de inteligencia rusos que la coyuntura, con el conflicto ucraniano de fondo, ha potenciado. Lo que sí se ha confirmado a través del Secretario General de la OTAN, Jens Stoltrnbrerg, es la suspensión de la colaboración civil y militar entre ambos bloques aunque se mantiene abierto el diálogo. Dentro de las consecuencias generadas por el conflicto en Ucrania, la suspensión viene acompañada de un contexto en el que ya se ha producido la expulsión de Rusia del G-8 y las duras sanciones económicas impuestas por la UE.

El antecedente: año 2008

Para encontrar una hostilidad parecida hay que remontarse al 2009 (un año después del conflicto en las regiones de Abjasia y Osetia del Sur) cuando las maniobras de la organización transatlántica en territorio de Georgia fueron interpretadas como una “abierta provocación” ante los ojos de Rusia. Entonces sí que se habló de espionaje como motivo para echar a funcionarios rusos, acto que tuvo respuesta en la parte rusa con la expulsión de dos diplomáticos que trabajaban en la Oficina de Información de la Alianza en Moscú, un espacio creado en 2001 como apoyo a organizaciones no gubernamentales y centro de publicación de informes. Bajo el pretexto de “fomentar el conocimiento y entendimiento” entre las partes, a menudo su presencia tiene otros fines como recabar información en el terreno. Así, el futuro de la oficina va ligado a la solidez de unas relaciones que se mueven a golpe de desconfianza.

Una imagen opuesta: el Fin de la Guerra Fría y el inicio del entendimiento

El final de la Guerra Fría supuso el deshielo de la relaciones entre los dos bloques. El punto de partida fue la significativa presencia de Rusia en la sesión inaugural del Consejo de Cooperación del Atlántico Norte de diciembre de 1991. Este fue el primer paso de acercamiento, aunque hubo que esperar hasta tres años después para que la aproximación se plasmara en un acuerdo. En el año 1994 el antiguo país soviético se unió a la Asociación para la Paz (APP) como marco para el diálogo y la cooperación. Superadas las hostilidades pasadas y enterradas las suspicacias, aunque solo fuera formalmente, el terreno estaba allanado para que en 1997 se firmara el Acta Fundacional de relaciones mutuas, cooperación y seguridad entre la OTAN y la Federación Rusa. De aquí sale el Consejo Permanente Conjunto OTAN-Rusia que va cimentando la estabilidad entre las partes, creando acciones conjuntas y posicionándose en el mismo lado ante el acontecimiento que abrió el siglo XXI: el ataque terrorista del 11 de septiembre. Este momento supone una unión sin fisuras, con un Putin recién llegado a la presidencia del país.

Roma como punto álgido en la relaciones

Eran épocas de encuentros, de fotos posando sonrientes y, lo más importante, de asonancia en la interpretación de gobernanza y seguridad global. De tratarse como iguales siguiendo lo pactado. Las decisiones se tomaban de manera conjunta y parecía que se aceptaba el concepto de seguridad del otro. Roma sirvió de elegante escenario en el año 2002 para escenificar la firma del actualConsejo OTAN – Rusia (NRC en sus siglas en inglés), donde quedó escrito que los dos actores se reúnen como iguales, desplazando la anterior idea de la OTAN + 1. Fruto de este acuerdo tropas rusas intervienen bajo el mando de las fuerzas de estabilización de la OTAN – SFOR – tanto en Bosnia (2002) como en Kosovo (2003).

Sin embargo, dos años después sucede el primer desencuentro. Es el momento en el que varios países que formaban parte de la extinta Unión Soviética ingresan en la OTAN. La entrada de las tres repúblicas bálticas supone acercar las fronteras de la organización transatlántica a las de Rusia, moviendo su zona de influencia hacia el este. El ingreso no tuvo graves consecuencias diplomáticas y un año después Moscú alberga la primera reunión del NRC con el Comité Militar. Este viene seguido por la ratificación del acuerdo sobre el Estatuto de Fuerzas de la APP, por parte de la Duma rusa en el año 2007.

De Georgia hasta ahora: sonadas disonancias y la necesidad de consensuar doctrinas

Un año después empezaron los acontecimientos descritos al inicio de este texto, y se inició una época que llega hasta la actualidad, en la que Rusia entiende que se le está faltando al respeto y exige un trato equilibrado y justo, mientras que la OTAN asegura que no tolerará ninguna vulneración a la soberanía de los países interferidos por influencia rusa.

En conjunto, desde 2008, las relaciones entre ambos actores se asemejan a una auténtica montaña rusa que fluctúa entre el distanciamiento y una cooperación que, de nuevo, se ha fragmentado. Existe un hecho claro: hasta que cada parte no acuerde qué entiende por seguridad no se podrá caminar conjuntamente. La OTAN no contaba con la política expansionista que está desarrollando el presidente Putin, y éste no parece calibrar la fuerza que tiene ante la organización. Las relaciones entre estos dos actores suponen un elemento fundamental para la seguridad y la paz de la amplia región que territorialmente cubren, incluyendo a los países sobre los que ejercen influencia.

Foto: Cuartel General de la OTAN en Brusela. (vía Flickr)

Artículo publicado en United Explanations el 25 de junio de 2015.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Roberto Gómez Guillén dice:

    Gran artículo Ricardo, como se nota lo que aprendiste en el máster

    Me gusta

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