Fricciones en el espacio post-soviético, agitación en el Báltico

Equilibrium Global

Desde nuestra red de alianzas con think-tanks y expertos en diferentes capitales del mundo, desde Madrid las reflexiones del analista Ricardo Lenoir sobre las fricciones entre Rusia y Occidente. Seguimos en el proceso de entendimiento de las dimensiones de la crisis en Ucrania, aquí el enfoque del analista internacional Ricardo Lenoir sobre la paranoia o agitación que se ha levantado en el Báltico. Los tres Estados bálticos sobreactúan en una hipotética “invasión rusa”. Entre los temas de la entrevista de Vanina Soledad Fattori, el asunto de Crimea y la situación en las regiones de Donbás y Lugansk. El autor del blog “Claves Geopolíticas, Ricardo Lenoir, critica la política de Vladimir Putin, pero reconoce la inestabilidad y la debilidad del gobierno de Kiev para contribuir a la estabilidad en el Este, siendo que el mayor peso para influir en el curso de los acontecimientos, parece estar en Moscú.

Las fricciones entre Rusia y Occidente se materializan en la geografía de Ucrania, pero en el espacio post-soviético hay otras realidades donde también se vislumbran divergencias que son una alarma de conflictividad social. Se convive en un clima de pronósticos preocupantes, producto de posibles escenarios de desestabilización. ¿Qué puede describirnos para tomar una proximidad, si bien hablamos de varios países que van desde el Cáucaso al Báltico, pero en concepto general, a qué debe hacerse foco de atención?

Dentro de la amplia región que abarca el aérea post soviética me centraré en lo relativo a las tres repúblicas bálticas. Los hechos acontecidos en Ucrania han puesto en estado de alarma a los gobiernos estonio, letón y lituano creando un temor compresible pero que no se ajusta del todo a la realidad. Las medidas adoptadas ante la amenaza varían: desde el manual que reparte el gobierno de Lituania explicando cómo responder ante una invasión rusa hasta el aumento de su presupuesto de Defensa, subiendo la asignación al 2% del PIB. Esta segunda medida, de mayor calado y consistencia, supone además el cumplimiento por parte de los tres estados con el compromiso adquirido con la OTAN en la cumbre de Gales del pasado verano, algo que casi ningún país de su entorno cumple, todo sea dicho de paso. Es precisamente el hecho de pertenecer a esta organización uno de los motivos por lo que un hipotético ataque ruso sería bastante improbable. Un repaso al articulado del tratado de la OTAN permite leer, en el apartado quinto, lo siguiente: “Las Partes convienen en que un ataque armado contra una o varias de ellas, ocurrido en Europa o en América del Norte, será considerado como un ataque dirigido contra todas, y, en consecuencia, convienen en que si tal ataque se produce, cada una de ellas, en el ejercicio del derecho de legítima defensa, individual o colectiva, reconocido por el art. 51 de la Carta de las Naciones Unidas, asistirá a la Parte o Partes atacadas tomando individualmente, y de acuerdo con las otras, las medidas que juzgue necesarias, comprendido el empleo de las fuerzas armadas para restablecer la seguridad en la región del Atlántico Norte. […]”. De aquí se concluye que atacar a Letonia es lo mismo que hacerlo a Alemania, que atacar a Estonia es lo mismo que atacar los Estados Unidos, etcétera. Es por eso que la imponente diferencia entre los presupuestos militares de Rusia (unos 60000 millones euros) frente a las tres repúblicas (alrededor de 1200 millones de euros) se equilibra por su pertenencia a la OTAN. Esta protección ya ha tomado cuerpo con la creación de la Policía Aérea Báltica, operación de carácter defensivo para preservar el espacio aéreo de la región en respuesta a la proliferación de vuelos de aeronaves rusas en la zona. Además, tampoco hay que obviar la apuesta europeísta de los tres países, plasmado en su ingreso en la Unión Europea, situación que les mantiene más resguardados en los político y económico.
Sobre el aspecto económico no se puede olvidar la exitosa iniciativa lituana para reducir notablemente la dependencia energética con Rusia: gracias al navío “Independence” se logró transportar gas natural licuado (LNG en sus siglas en inglés) desde Corea del Sur suficiente para satisfacer las necesidades del 90 % de la población báltica, en palabras de Dalia Grybauskaite, presidenta lituana. Es este punto casi más relevante que armarse hasta los dientes ya que supone una bofetada a Rusia diciéndole basta a los chantajes que hacen variar abultadamente el coste del gas dependiendo de la posición de fuerza que mantenga el Kremlin respecto al país comprador.

Por lo tanto, si aventurarse con un pronóstico sobre lo que pasará en la región del Cáucaso es arriesgado (con la mente puesta en los conflictos congelados que Rusia mantiene en la región) sí que se puede determinar que un ataque ruso sobre las repúblicas del Báltico parece bastante improbable a día de hoy.

Ucrania ha definido una política oficial de no abrir ningún camino de federalización. Cómo interpreta Ud. que se resolverá el estatus político-jurídico en las autoproclamadas repúblicas en el Este. Tanto Lugansk como Donetsk ya tienen elementos de conformación estatal y si pasan a pedir solicitud de ingreso a la Federación Rusa se colocan en una posición de dificultosa capacidad de contención para la propia integridad territorial de Ucrania.

Un territorio no puede solicitar motu proprio el ingreso en otro Estado, existe un procedimiento que siempre acabará pasando por el Parlamento, y que ahí se rechazará, máxime con la actual composición de la cámara baja. Dicho lo cual, sí que es cierto que las fuerzas prorrusas han conseguido mantener el control de la zona oriental del país, y no parece que vayan a devolver el mando. Llegados a este punto, se abren dos opciones: conceder más autonomía a la región del Donbás o correr el riesgo de convertir la situación en lo que se conoce como “conflicto congelado”. Sobre el primer punto se han producido avances sobre el papel, firmados en los dos acuerdos Minsk, el primero en septiembre del año pasado y el segundo en febrero de este mismo año. Pero la zona no se ha apaciguado, a pesar de registrar menos violencia que a principios de año. Mientras, se producen avances dentro del proceso de legitimación que buscan los rebeldes, como la celebración de unas elecciones que consagraron a los líderes. Y la respuesta desde Kiev sigue la pauta desde el comienzo del conflicto: no dar un paso en pos de ese nuevo escenario que garantice más auto gobierno si no pueden recuperar el control de las fronteras, amén de otras exigencias, como el desarme de las tropas. Lo que no podrán evitar serán modificaciones en la Constitución que reconozcan a la población rusófila, empezando por una mayor descentralización del poder.
Si la situación sigue así entraríamos dentro de la segunda posibilidad: convertir el enfrentamiento en un conflicto congelado. Esta situación, por lo que se mantendría el control de la zona por parte de los milicianos, no sería tan del agrado de Rusia como cabría imaginar. Si Ucrania tira la toalla la primera medida sería desentenderse de la población ahí residente. Mutatis mutandis, la misma operación que en Crimea. La medida dejaría a esa población en manos de Rusia, que además de colgarse la medalla (si es que alguna vez quiso realmente este territorio) se haría cargo de la situación económica: pensiones, gastos comunes, educación, subsidios… El Kremlin exhibe músculo económico, pero ya no puede ocultar las dificultades por la que está pasando su economía. Sumado a este inconveniente, la diferencia entre las condiciones del este de Ucrania y el resto de conflictos congelados: si bien existen industria minera en la zona, no es comparable a los recursos que se encuentran en la zona del Cáucaso, con mayor potencial económico.
El desenlace de este conflicto no se parecerá a lo sucedido en Crimea. Los acercamientos del gobierno kievita a Europa van dando pequeños pasos pero todos en la misma dirección. Putin se revuelve pero no muestra la contundencia que sí mostró en marzo del año pasado cuando anexionó la península Crimea; más aún, la idea de una Nueva Rusia tiene mimbres nacionalistas y, sobre todo, económicos. Todo parece indicar que el futuro de la región del Donbás pasa por Ucrania, modificaciones constitucionales y concesiones mediante.

Y el factor Crimea. ¿Qué reflexiones puede hacer o cuestiones por observar cuando ha pasado un año del referéndum y la adhesión a la Federación Rusa?

El referéndum por el cual Crimea pasó a formar parte de la Federación Rusa fue una consulta ilegal y condicionada por el ambiente que se vivía en la península, hecho que no ha impedido que esté a todos los efectos bajo control rusos. Durante el año que ha pasado desde la votación se han ido desvelando detalles que han aportado más claridad al asunto, como la filtración que publicó un medio de comunicación opuesto al Kremlin en el que aseguraba que Putin tenía decidido la invasión un mes antes. Un repaso a la lista de países que han reconocido la anexión da la medida de la legitimación de la operación: Venezuela, Corea del Norte, Afganistán, Cuba, Nicaragua, Sri Lanka y Armenia.

Dicho lo cual, y ya analizado todo lo relativo sobre un referéndum con unos absurdos (por irreales) resultados, conviene poner el foco de atención en la situación en que ha quedado la población tártara, minoría no tan minoritaria. Esta comunidad supone el 12 % del total de la población, con una longeva relación con el territorio. Longeva y sangrienta, cabría añadir. Entrar a formar parte de Rusia ha supuesto una persecución a los tártaros plasmados en actos nada sutiles: cierres de sus medios de comunicación, edición de libros escolares en un idioma distinto al suyo, prohibición de festejar sus fiestas… Todo encaminado a borrar el rastro de su cultura, condición fundamental para su supervivencia.
Por lo tanto, si Putin se presentó como el libertador de los rusos residentes en Crimea, quitándoles el yugo que suponía Ucrania para ellos, cabe destacar que ahora está haciendo lo mismo, o peor, contra sus propios compatriotas. Un año después vemos que el protector del derecho de las minorías se ha convertido en cercenador de los mismos. Una paradoja más en el historial del presidente ruso.
Para el resto de la población las cosas no han ido mucho mejor. Las carreteras están muy deterioradas y encima ha aumentado el número de vehículos, aprovechando su bajo coste en Rusia. La conectividad es casi inexistente debido a que la retirada de Ucrania también supuso cortar los servicios ferroviarios.
En el plano práctico, la retirada de empresas como Mastercard y Visa impide el pago con tarjeta. Estos dos últimos hechos redundan en el empeoramiento de una de las principales fuentes de ingresos: el turismo. Cabe recordar que la península era destino mayoritario debido a sus cálidas temperaturas.
A pesar de todo, el pueblo está con Putín, está con Rusia y está satisfecho del cambio. El primer aniversario se celebró por todo lo alto, con la gente entregada y gritando “Crimea, nuestra elección, nuestra victoria”. Quizá el sentimiento que mejor resuma el estado de ánimo de los crimeos, un año después de volver a la madre patria, sea: “mal pero mejor”.

Entrevista concedida al think tank “Equilibrium Global”. Mayo, 2015.

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